El pasado 22 de octubre fue publicada en El País Chile la columna “Inseguridad y estigma: la paradoja en los campamentos” de Javier Ruiz-Tagle, profesor del IEUT UC y director del Núcleo Milenio Sobre los Desafíos de la Vivienda, NUVIV, María Luisa Méndez, profesora del IEUT UC y directora del Núcleo Milenio sobre Inseguridad y Cohesión Urbana, NUMIC y Javiera Moncada, directora Centro de Estudios TECHO-CHILE.
Esta columna se enmarca en la presentación por parte de TECHO-CHILE del estudio «Lo que los datos dicen y lo que se cree: seguridad y estigma en los campamentos»
Lee el texto a continuación:
En el debate público, los campamentos suelen estar asociados a la delincuencia, el narcotráfico y las prácticas ilegales. En las coberturas mediáticas, los delitos puntuales se muestran como la “normalidad” y cualquier toma de terreno es catalogada como una señal de peligro, sin matices. Así, un episodio mediatizado se convierte en una identidad. Pero la observación empírica muestra una realidad muy distinta.
Un estudio reciente del Centro de Estudios de Techo Chile realizó grupos focales y mapeos participativos en cinco campamentos del Gran Santiago y en barrios colindantes. Ese trabajo en terreno se complementó con el análisis de los datos de 72.056 hogares encuestados por la Casen 2022 y de 15.046 hogares registrados en el Catastro Nacional de Campamentos 2022 del Minvu.
El resultado demuestra que los hogares de campamentos reportan, en promedio, menos incivilidades que el resto del país. El índice promedio de incivilidades reportadas llega a 1,6 en el promedio nacional y a 0,5 en campamentos. El consumo de alcohol o drogas en la vía pública, por ejemplo, es reportado por el 54,6% de los hogares a nivel nacional y por el 11,7% en campamentos. La brecha se repite en todas las regiones.
Estos resultados no significan que los campamentos estén libres de delincuencia o que todos los barrios experimenten la seguridad de la misma manera. Hay que decirlo con claridad. Ha habido hechos de violencia y los lamentamos, porque quienes más los sufren son las propias familias que habitan en los campamentos. De hecho, la investigación de Techo Chile identifica realidades muy distintas entre asentamientos e incluso dentro de un mismo territorio. De todos modos, la condición de campamento, por sí sola, no permite definir si un lugar es seguro o inseguro. La realidad es heterogénea, tanto entre asentamientos como dentro de cada uno.
¿Por qué, entonces, persiste la imagen de peligro? El estudio muestra que, en los territorios analizados, la percepción de inseguridad no depende únicamente de los delitos, sino también de las condiciones del entorno, la falta de servicios, el deterioro de los espacios comunes, las relaciones entre vecinos y la ausencia de las instituciones.
Quienes habitan un campamento pueden reconocer problemas concretos y, al mismo tiempo, vivir su comunidad como un espacio de protección. Desde afuera, ese mismo lugar puede percibirse como una amenaza. En uno de los mapeos participativos, los habitantes del campamento marcaron su interior como principal zona segura, mientras los del barrio colindante ubicó su único punto inseguro en el límite con el campamento.
Los mapeos matizan esa percepción. Aunque los vecinos de barrios colindantes asocian el deterioro del sector al campamento, al marcar los lugares más peligrosos los situaron principalmente cerca de él, más que en su interior. Buena parte de las incivilidades que señalaron estaban en bordes, zonas de circulación e incluso en el barrio formal.
La evidencia también abre una oportunidad. Campamentos y barrios colindantes comparten más de lo que suele reconocerse. Ambos expresan preocupación por la basura, los riesgos de lluvias e inundaciones, las plazas mal iluminadas y la falta de respuesta institucional. Lo cual involucra expectativas compartidas sobre el rol del Estado.
En definitiva, este estudio no busca cerrar la discusión sobre seguridad y campamentos, sino aportar evidencia para darla mejor. La cuestión de fondo es si abordamos los desafíos reales o si actuamos en función de una noción preconcebida sobre quienes los habitan y una amenaza amplificada por el estigma mediático. Ya que, asumir peligrosidad a partir de la precariedad no solo compromete la precisión del diagnóstico, sino que puede conducir a respuestas mal diseñadas.










